Enfermar en el extranjero... ¿Hay algo más desolador? Caí enfermo el otro día, con un malestar que me aqueja regularmente todos los años por esta época: amigdalitis. Fiebre, cansancio físico generalizado, dolor de cabeza, dolor de gargante, en fin, una serie de síntomas que están lejos de ser soporables. Si ya el hecho de caer enfermo me descompone anímicamente, estarlo lejos del cuidado al que uno está acostumbrado es más jodido.
Hay ciertos códigos que uno maneja cuando una enfermedad azota, cierta red que uno tiene a su alcance para enfrentarla, ya sea la familia, un hospital o consulta determinada, la farmacia que uno conoce de más tiempo, la receta guardada para estos casos, el doctor amigo. Pero cuando nos encontramos en esta misma situación en un país ajeno, al que recién uno se va acostumbrando, siendo domesticados por las fuerzas sociales inherentes de todos los días; cuando nos encontramos en esa situación la desesperanza la sensación de abandono es imposible de evitar.
Por suerte tengo amigos en esta parte del mundo, los cuales me ayudaron y consiguieron remedios y comida apropiada para sobrellevar tan difícil situación. Incluso Adriana me cuidó un poco un día. Pero hubo un día que lo pasé todo el día en cama, con fiebre, sintíendome fatal, tenía que hacermelo todo yo. Cocinar, prepararme jugo, te, etc. Puede sonar de un engreimiento absoluto, pero cuando uno está enfermo siempre debería tener alguien al lado que mime. Debería ser un derecho humano.
Ya pasó lo peor y me siento mucho mejor, de vuelta al trabajo y a las obligaciones normales de cualquier persona sana. Solamente hablar poco y seguir con el tratamiento.